jueves, 19 de mayo de 2011

¡Viva la papa!




Aunque tiene mala prensa, en realidad es una verdura muy nutritiva, apetecible y multifacética.

Deben existir miles de platos en los que la patata, la querida y popular papa, sea el ingrediente principal o el elemento clave. Es que debido a su sabor, y especialmente a su versatilidad, es la elegida para combinar con verduras, quesos, huevos, carnes y una amplia variedad de condimentos como hierbas aromáticas y especies.
La papa es un alimento saludable, apetecible y muy nutritivo. Es rica en hidratos de carbono complejos (almidón), tiene un 78 por ciento de agua y variables cantidades de proteínas, minerales y cerca del 0,1 por ciento de grasas. Además, contiene varias vitaminas, incluyendo la vitamina C, vitamina B1, B2 y B3. Entre los distintos minerales que te aporta, están el calcio, el potasio, el fósforo y el magnesio.
Otra virtud de la papa es que resulta una buena elección para dietas hiposódicas (bajas en sodio), debido a que es reducida la cantidad de este mineral. Un truquito, si la consumís con la cáscara (bien limpia), incrementarás el consumo de fibra.
Seguro que escuchaste que la papa engorda, pero en realidad lo que engorda es lo que se asocia a ella. Si hacemos el puré y le agregamos un pan de manteca o varias cucharadas de crema, ¿qué culpa tiene la papa?
Las opciones más saludables: hervidas, cocinadas al vapor o asadas al horno con su piel, ya que es la forma en que conservan mejor sus propiedades nutritivas. La papa es tan multifacética que acepta todos los tipos de cocción. Hay que atreverse a las combinaciones más osadas porque, sin duda, será la protagonista.
Que sea rico y sano
Ensaladas frías: Cortarlas en cubos y agregar al agua de cocción, además de sal, 1 cda. de jugo de limón o vinagre para que no se deshagan al colarlas.
Asarlas al horno: Ya cortadas, cubrirlas con rocío vegetal, mezclarlas bien y cocinarlas a fuego fuerte para sellarlas. Salar cuando estén listas para evitar que se peguen a la fuente.
En puré o sufllé: Cocinarlas con sal y cáscara. Pisarlas recién peladas y aún calientes, agregar leche caliente, o queso crema.
Cocinarlas con cáscara: Lavarlas bien con agua y secarlas. Al horno, 1 hora.
Tortillas: Cortadas, hervirlas en agua con sal y agregar 1 cda. de vinagre. Llevar al horno mezcladas con el huevo.
Papas fritas: Cortadas en bastoncitos, sumergirlas en agua fría para que suelten el almidón. Escurrirlas y freírlas, en aceite muy caliente, de a pocas, para que el aceite no pierda temperatura y la papa no lo absorba.
El dato. 
Las 80 calorías por 100 gramos que aporta una papa, asada o cocida, se pueden triplicar si se consume frita.

Licenciada en Nutrición, matrícula 2670
publicado en La Voz-15may2011

domingo, 15 de mayo de 2011


PORQUE NO HAY MOTIVO PARA DISCUL-
PARSE. PORQUE EL MUNDO ENTERO HOY
ESTA GRITANDO Y LLORA JUNTO A
MARTÍN, PORQUE LA MIEL DEL TRIUNFO
ES NÉCTAR QUE SABE A GLORIA. POR
TODO ESO Y PORQUE ESTA EN MI SANGRE:

GRACIAS BOCA ETERNO POR TANTAS
                                     ALEGRÍAS !!!!!








De un tigre sólo se dibuja la piel y no los huesos; de una persona sólo se conoce la cara y no el corazón.
proverbio chino

sábado, 14 de mayo de 2011

El desayuno. Alerta los que hacen dieta.

RING!...
Suena el despertador y el cerebro empieza a preocuparse:
"Ya hay que levantarse y nos comimos todo el combustible". Llama a la primera neurona que tiene a mano y manda mensaje a ver qué disponibilidad hay de glucosa en la sangre. Desde la sangre le responden:' Aquí hay azúcar para unos 15 a 20 minutos, nada más'.
El cerebro hace un gesto de duda, y le dice a la neurona mensajera: 'De acuerdo, vayan hablando con el hígado a ver qué tiene en reserva'. En el hígado consultan la cuenta de ahorros y responden que 'a lo sumo los fondos alcanzan para unos 20 a 25 minutos'.
En total no hay sino cerca de 290 gramos de glucosa, es decir, alcanza para 45 minutos, tiempo en el cual el cerebro ha estado rogándole a todos los santos a ver si se nos ocurre desayunar.
Si estamos apurados o nos resulta insoportable comer en la mañana, el pobre  órgano tendrá que ponerse en emergencia: 'Alerta máxima: nos están tirando un paquete económico. Cortisona, hija,
saque lo que pueda de las células musculares, los ligamentos de los huesos y el colágeno de la piel'.
La cortisona pondrá en marcha los mecanismos para que las células se abran cual cartera de mamá comprando útiles y dejen salir sus proteínas. Estas pasarán al hígado para que las convierta en glucosa sanguínea. El proceso continuará hasta que volvamos a comer.
Como se ve, quien cree que no desayuna se está engañando: Se come sus propios músculos, se auto-devora. La consecuencia es la pérdida de tono muscular y un cerebro que, en vez de ocuparse de sus funciones intelectuales, se pasa la mañana activando el sistema de emergencia para obtener combustible y alimento.
¿Cómo afecta eso nuestro peso? Al comenzar el día ayunando, se pone en marcha una estrategia de ahorro energético, por lo cual el metabolismo disminuye. El cerebro no sabe si el ayuno será por unas horas o por unos días, así que toma las medidas restrictivas más severas.
Por eso, si la persona decide luego almorzar, 
la comida será aceptada como excedente, se desviará hacia el almacén de 'grasa de reserva' y la persona engordará. 
La razón de que los músculos sean los primeros utilizados como combustible de reserva en el ayuno matutino se debe a que en las horas de la mañana predomina la hormona cortisol que estimula la destrucción de las proteínas musculares y su conversión en glucosa.
                                                                                                                                                       Eleazar Dell'Aquila


Desayuna como un Rey
Almuerza como un Príncipe
Cena como mendigo


Is a wonderful world.






miércoles, 4 de mayo de 2011

Fumar en Japón es más fácil ... para los que no fuman.

Mozo, una campanita !!

Vamos a la cabina que tengo que fumar ...

Lugares públicos para el vicio.

Aparte de otras cosas ... don't smoking.

El precio y el valor.

Por Juan Forn

El año es 1963. Andy Warhol llega a un fastuoso departamento de la Quinta Avenida de Nueva York a cumplir con un encargo: pintar el retrato de la dueña de casa. Sabe que es su entrada en el olimpo de los mecenas. Una cosa es pintar retratos de Elvis o Marilyn copiados de fotos de revistas y otra muy distinta es hacer uno al natural, por encargo. Pero Warhol ya es Warhol y su clienta le calza como anillo al dedo: Ethel Scull compra arte como compra vestidos de Courrèges y Saint Laurent. Su marido se ha hecho cargo de la flota de taxis que tenía el padre de Ethel y los ha convertido en millonarios. El departamento de los Scull queda enfrente del Metropolitan Museum. La pareja suele decir en chiste (o no tan en chiste) que el plan es mudarse enfrente, en cuanto puedan comprarlo, con todo lo que tiene adentro. O, en su defecto, acumular tantas obras de arte que hagan ocioso el edificio al otro lado de la calle. Ethel Scull recibe al artista en una vaporosa túnica de seda natural. Warhol pone cara de asquito y le ordena que se vista para salir a la calle. Tiene los bolsillos llenos de monedas. ¿Adónde vamos?, pregunta Ethel. A la 42 y Broadway, a sacarte unas fotos. ¿En esas horribles cabinas automáticas del metro? Quién sabe qué porquerías habrán hecho los que se sentaron ahí antes que yo, dice Ethel. Pero Warhol la empuja dentro de la cabina, comienza a poner monedas en la ranura y le dice: “Ahora dedícate a ser tú misma, que esto me está costando dinero”.
Con 36 de esas fotos carnet ampliadas hasta la saturación, Warhol compuso su primer cuadro de grandes proporciones, Ethel Scull Thirty-Six Times, y convirtió a su clienta en un icono del arte pop. También abrió las puertas a un fabuloso negocio: en los años venideros, todo nuevo rico que quisiera figurar socialmente debía exhibir un retrato hecho por Warhol en las paredes de su living neoyorquino. Como el buen Andy era tan democrático cuando había dinero de por medio, los Scull necesitaron diferenciarse del resto y encargaron al escultor pop George Segal una pieza en tamaño natural que los exhibiera a ambos posando (ella sentada en un sillón, con anteojos negros, él de pie a su lado, en smoking y zapatillas) y la instalaron en medio del living de su departamento de la Quinta Avenida. Pequeña anécdota al respecto: Segal embebía a sus modelos en yeso líquido para hacer el molde, Ethel iba a posar con un vestido barato, el editor de Vogue dijo que era inaceptable inmortalizarse en ropa tan ordinaria, Ethel aceptó a regañadientes arruinar un Courrèges original, pero se negó a hacer lo mismo con su famosa cabellera, así que encargó a su coiffeur que le hiciera una peluca especial para posar. Es leyenda que el peluquero cobró más que el escultor y que lo que cobraron ambos no pagaba ni la mitad del Courrèges arruinado. También es leyenda que fueron los Scull quienes corrigieron ese desfasaje de cotización, unos años después: se recuerda la fecha como el día en que el mundo del arte se convirtió en el mercado del arte.
Era 1973. Los Scull (que habían declarado famosamente que sólo les interesaba comprar “un arte que refleje lo que somos de verdad, en objetos sencillos, luminosos y concentrados”) convencieron a Sotheby’s de hacer la primera subasta pública de arte pop y entregaron a la venta cincuenta obras de su colección. Sólo había piezas de ellos en la subasta. Por ninguna habían pagado más de cinco mil dólares. Ninguna se vendió a menos de 150 mil y la mayoría superó los 300 mil. Un piquete de taxis bloqueó la entrada de Sotheby’s con pancartas que decían: “Todo taxi un museo. Acabemos con la codicia de los ricos”. Rauschenberg acusó a los gritos a los Scull de traidores a la salida de la subasta. Warhol y Lichtenstein, en cambio, volvieron más que orondos a sus casas, sabiendo a cuánto ascendía su nueva cotización en el mercado. Los Scull se pelearon poco después. Un día antes de pedir el divorcio, el astuto Robert mandó todos los cuadros de su casa a un depósito y le dijo a Ethel que podía redecorar a su gusto. La batalla judicial duró diez años y obligó a ambos a reducir drásticamente su tren de vida y malvender a cuenta gran parte de la colección. Mientras tanto, aquellas obras subastadas en 1973 se habían disparado a precios siderales: el 200 Dollar Bills de Warhol pasó de 285 mil a valer 46 millones de dólares; el False Start, de Jasper Johns, vendido a 420 mil, superó los 80 millones. Casi todos ellos desembocaron en la mansión californiana del magnate musical David Geffen, cosa que llevaría a Jonathan Scull, el único y empobrecido hijo de la pareja, a confesar a la prensa, luego de la muerte de sus progenitores: “A veces, en medio de la noche, fantaseo con llamar a David Geffen y pedirle que me deje ir un rato a su casa, a contemplar mi infancia”.
Curiosamente, la dispersa colección Scull fue reunida este año para una gran muestra itinerante internacional (Robert y Ethel Scull, visionarios) y ya ha coincidido en varias capitales europeas con otra gran exposición que homenajea a otro coleccionista, el ruso Gyorgi Costakis. A diferencia de los Scull, Costakis no era millonario: su padre era un griego afincado en el sur de Rusia que se quedó sin nada después de la revolución, pero el joven Gyorgi tenía veleidades artísticas y tuvo su golpe de suerte tras de la Segunda Guerra, trabajando como chofer para la embajada griega en Moscú. Su misión era ayudar a los invitados oficiales a comprar iconos rusos en el mercado negro. En sus andanzas descubrió, en cambio, gran parte de la obra de los grandes artistas de vanguardia de la revolución, los verdaderos inventores del arte abstracto del siglo XX. La imposición del realismo socialista había condenado al olvido (cuando no a la muerte) a futuristas, constructivistas, acmeístas y suprematistas. Costakis rastreó a los pocos sobrevivientes o encontró su obra escondida en desvanes y sótanos y gallineros y cocinas comunales de Moscú y alrededores. Se hizo famoso en el mercado negro como “el griego loco que compra cuadros horribles”. Pagaba con bidones de combustible, bolsas de harina, botellas de whisky que “distraía” de la embajada. Alguna vez hasta entregó a cambio los parabrisas de su viejo Lada. Así llenó su casa de originales de Malevitch y Rodchenko, Rozanova y Popova, Tatlin y Lissitzky.
En Occidente corrió pronto la voz de que un griego loco había armado en su casa un alucinante museo informal de arte moderno soviético y empezaron las visitas de extranjeros ilustres, de Stravinsky a Bertrand Russell, pasando por los más conspicuos curadores de museos del mundo. En 1977, Costakis negoció su salida a Occidente a cambio de lo mejor de su colección. Donó las piezas restantes al Museo de Arte Moderno de Atenas, la ciudad donde murió en 1990. Como los Scull, no tuvo oportunidad de volver a ver en vida toda su colección junta. A diferencia de los Scull, no le importó especialmente porque, como le gustaba repetir a los visitantes que recibía en Moscú, su colección no tenía precio: sólo tenía valor.